Como aficionado a las memorias francesas de los siglos XVIII y principios del XIX me gustaría compartir la lectura de éstas de Madame de Boigne. A pesar de que se publicaron mucho después de su muerte, irritaron a los descendientes de las personas allí mencionadas. Fingieron subestimarlas. Abarcan desde el final del reinado de Luis XVI hasta la caída de Luis Felipe (1848). La condesa de Boigne (1781-1866) vivió siempre en el centro del poder o no muy lejos cuando frecuentaba a los príncipes franceses exiliados como ella en Inglaterra. Al regresar a París, después de la Revolución, su casa fue un salón político desde el cual observaba y juzgaba las intrigas de la vida pública. Ninguna otra cosa parecía interesarle más. Trataba de ser ecuánime pero a menudo caía en la tentación de ser cruel, lo que no era difícil ya que dominaba las sutilezas del desprecio. Al revés de la nobleza recalcitrante era consciente de que los cambios históricos eran necesarios. No idealizaba a los reyes ni defendía privilegios que consideraba injustos. La primera edición de las memorias data de 1907. Una segunda edición, fidedigna y más completa, fue publicada en 1921-1923. Hubo varias reediciones. La de 1999 (París, Mercure de France) probablemente sea la última. © LA GACETA
Ficha
Título: Memorias de la condesa de Boigne
Autor: Condesa de Boigne
Género: Memorias
Editorial: Mercure de France
Año de publicación: 1907
Fragmentos
Después de hacer una crónica periodística del asesinato de Berry, llega a esta conclusión : « Si hubiese sido educado por personas razonables, si le hubieran enseñado a vencer el ímpetu de sus pasiones, a contar con los demás hombres, a sacrificar sus fantasías al decoro, se habría podido hacer de él un príncipe irreprochable. Tal como era, su muerte no fue una pérdida ni para su hijo, ni para su familia, ni para su país. »
De Talleyrand dice entre otras cosas : « El señor de Talleyrand no escribió nada por sí mismo, pero varias personas empleadas a su servicio le entregaban proyectos diversos que él combinaba, tachando y haciendo cambios, hasta que lograba darles un sello personal. Trabajaba asiduamente en armar su mediano discurso, que luego era leído a su círculo íntimo. »
Extraigo su opinión sobre el autor de las Memorias de ultratumba: « Chateaubriand no tiene ninguna debilidad por el género humano ; se ha ocupado siempre de sí mismo y se ha dedicado a construir un pedestal desde el cual pudiera dominar su siglo. Era difícil alcanzar esa posición al tener junto a él a Napoleón. Sin embargo, no dejó de esforzarse. »
Y este es el retrato de Madame de Staël : « A primera vista, me había parecido fea y ridícula : una cara ancha y colorada, carente de frescura, los cabellos según ella estaban pintorescamente arreglados, es decir mal peinados; no llevaba un chal sobre la túnica de muselina blanca muy escotada, con los brazos y los hombros desnudos; tampoco llevaba bufanda ni velo de ninguna especie. Todo eso contribuía a que resultara singular su entrada en la habitación de una posada a mediodía. Sostenía en sus manos una ramita que hacía girar constantemente entre sus dedos. Estaba destinada, creo, a mostrar una mano muy bella, pero en cambio resaltaba la extravagancia de su vestimenta.